El nene (versión 3 - agosto)
Tercera versión del cuento "El nene" que publiqué en mayo y actualicé en julio.
Apenas pasadas las cinco, Sofía volvió de la plaza con el nene. Hacía semanas que Damían había empezado a referirse a su hijo Rufino como el nene.
Tenía los cachetes bien rojos, casi tan rojos como los rulos despeinados, duros por el frío. Tirando la cabeza para atrás, se sorbía los mocos. Vio a su padre y le sonrió, una sonrisa enorme de dientecitos puntiagudos. Con las manos llenas de barro, corrió a abrazarlo, pero él lo frenó con una mano y un gesto de no con la cabeza.
Rufino se detuvo de golpe, bajó los hombros y se quitó la campera, dejándola caer con pereza al suelo. Se lanzó lentamente sobre la alfombra donde estaban desparramados sus juguetes y se puso a jugar. Todavía no se había sacado las zapatillas sucias. Damián chasqueó la lengua y volvió a mirar su celular.
“¿Qué te pasa, Damián?” Le dijo su mujer. Recogió la campera mojada de su hijo. “Dejá los problemas del laburo en la oficina – o en la computadora.”
“Me tienen cansado. Vos y el nene” dijo, sin mirarla. “Me voy a comprar puchos.”
“¡Vos no fumás más!”. La puerta ya estaba cerrada.
Damián bajó directo por las escaleras sin dar tiempo a que lo frenaran. Afuera hacía frío y él había salido en camisa y pantuflas. Con las manos bien adentro de los bolsillos caminó hacia el kiosco que estaba a unas cuadras. Mientras esperaba el semáforo, balbuceaba argumentos con la mirada fija en la luz roja. Compró un atado y fue hasta la plaza. A oscuras, se sentó en el banco mojado. No tenía encendedor. Una señora que fumaba mientras paseaba a su perro lo observaba, pero cuando él dio un indicio de acercarse, ella desvió la mirada rápidamente y apuró a su mascota para que avanzara.
Se le habían ensuciado las pantuflas y tenía la punta de las medias mojadas. Se quedó un rato mirando como a una pareja le costaba sacar el cochecito del auto. Intentaban armarlo golpeándolo contra el piso. El aire estaba cargado de humedad y difuminaba las pocas luces de la plaza. Finalmente, resopló del frío y tiró el atado abierto pero sin fumar al tacho.
Cuando volvió, el nene ya estaba bañado. Tenía el pelo rojo partido al medio y peinado con evidente determinación. Sentado en una pequeña silla que le quedaba chica, veía videos de animales. En la tele un gato saltaba desde un estante al vacío. Soltó una carcajada al verlo caer. Cuando apareció un oso, Rufino se enderezó de pronto, sacó la lengua e hizo un silbido largo. Sofía siguió a Damián hasta el cuarto y cerró la puerta al entrar.
“¿Me podés explicar qué te pasa? Te rajás por más de una hora, sin avisar. Estás siempre enojado. Fumas, no fumás – ¿por qué tenés las pantuflas mojadas? Estás tratando mal a Rufino, a mí.”
“No los estoy tratando mal…”
“Hoy cuando llegó, ni lo saludaste. ¿Hace cuánto no interactuás con él?”
Damián no respondió. Al pie de la cama estaban las zapatillas sucias del nene.
“Ayer en la plaza me preguntó si nos seguías queriendo. Siempre lo retabas. Piensa que no lo amás. Tu hijo de tres años, Damián.”
“No es mi hijo.”
“¿Qué dijiste?”
“Que no estoy seguro si es mi hijo.”
“¿Me estás acusando de algo? No sé ni por dónde empezar.” Levantó las zapatillas y las ordenó paralelas contra el ropero. Al enderezarse, se acomodó el pelo que le tapaba la cara. “Explicame, que no te entiendo.”
“Eso. Que no sé si es mi hijo. Últimamente–”
“Cómo no va a ser tu hijo, Damián. Te debería sacar a patadas. Si no estuviera tu hijo detrás de esa puerta–”
“¡No se parece nada a mi! ¿Vos en serio pensás que se parece a vos? ¡No me jodas! No somos pelirrojos, Sofía. Nadie es tan pelirrojo.”
Sofía se dio vuelta con la repentina necesidad de hacer algo, y se puso a doblar mecánicamente un sweater sobre la cama.
Damián le agarró los brazos desde atrás, y dijo: “Existe un ave llamado el cuco común que deja sus huevos en los nidos de otras aves para que se lo cuiden. El huevo suele imitar–”
No lo dejó terminar. Giró violentamente y le sacó las manos de encima. Parecía que iba a responder pero en vez bajó los brazos derrotada. “¿Qué decís?”
Él aprovechó su debilidad para insistir. “Que es algo bien documentado en la naturaleza. La hembra pone un huevo, en el nido ajeno, muy similar al del otro ave, y este lo empolla, lo alimenta y hasta lo cría. ¡Cómo si fuera suyo! Lo sigue alimentando, incluso cuando la cría impostora se vuelve más grande–”
“¿Y eso también lo aprendiste en internet?”
La alfombra estaba cubierta de tierra y restos de pasto. En la pared había una pequeña marca de barro de cinco dedos que se deslizaba hacia abajo.
“Hace rato que vengo pensando. Después de tantos tratamientos, aceptamos que era imposible para nosotros: vos no podías tener hijos, y yo tampoco.” Una sombra cruzó lentamente por la baranda del balcón de enfrente. Damián cerró la cortina. “Dejamos de buscar. Nos resignamos.” Finalmente, la miró. “Pero de golpe estabas embarazada, y creo que en la alegría del momento ni lo cuestionamos. ¿Cómo se explica? Los resultados eran bien claros.” Se sentó en la silla de la esquina y se cambió las medias mojadas por un nuevo par. “Ese nene está cada vez más raro. Perdón, pero ya no puedo seguir fingiendo como si nada. Ese nene no es nuestro hijo.”
Sofía estaba sentada sobre la cama y escondía la cara entre las manos. Al rato, se irguió y se secó la nariz con el dorso de la mano. Tenía los ojos enrojecidos y la mirada salvaje.
“¿Qué te pensás, que yo no me doy cuenta? ¿Que no le saca esa lengua de bicho a los chicos en la plaza? ¿Que no lo veo meter los deditos en el barro para comerse las lombrices?” Hizo un gesto ondulante con los dedos. “¿Cuántas veces lo bañaste este último año? ¿Sabías que la protuberancia esa que tenía ya casi es como un colita de chancho? Claro, no tenías idea, si ni pasás tiempo con él.” Desde el living se escuchó algo caer al suelo. “Yo se que ese nene, cómo lo llamás vos, no es normal. Yo se que ese nene, puede que no tenga nada que ver conmigo. Pero ese nene es mi hijo.” Recogió las medias sucias que Damián había dejado tiradas. Él se comía lo poco que le quedaba de las uñas. “Y le agradezco a dios, o al diablo, o al maldito cuco común por que lo hayan puesto en mi nido. Ese bichito hermoso, Rufino, es el ser más alegre del mundo, y celebro cada día tener el privilegio de amarlo.” Tiró las medias en el cesto de la ropa sucia.
Se volvió a sentar y apoyó la mano en el brazo de Damián. “¿Y sabés qué más? Me encanta que asuste a esos malcriados de la plaza con sus colmillos y su lengüita de serpiente.”
Él forzó una risa corta y se sentó a su lado.
“Además, le gustan las aceitunas tanto como a vos. Y se ríen tan parecido.”
La puerta se abrió de golpe y Rufino entró con un puño levantado. Estaba despeinado, con los rulos rojos parados de nuevo. Se acercó a Damián. En su manito había un pequeño pichón de paloma con la cabeza torcida en ángulo recto. Sonrió expectante y le indicó que lo agarrara.
Damián hizo un cuenco con ambas manos y agarró el pajarito. “Gracias”, dijo. Rufino dio media vuelta con un salto y salió corriendo. Sofía sonrió y sacó la lengua.
Lo difícil de reescribir es que en un punto perdés la brújula y ya no sabés si lo estás mejorando o empeorando. Si bien el título dice que es la tercera versión, debe ser como la sexta o la séptima. Pero ahora voy a dejarlo descansar un poco y en unos meses lo retomaré.
Algunos de los cambios que hice.
Hice más directos algunos diálogos que tenían muchas vueltas. Y después los hice más directos todavía
Saqué muchos gestos que no eran tan interesantes, y los que dejé intenté reemplazarlos por gestos más únicos. Estaba muy secuencialmente detallado, como si fueran escenas de película.
Corregí algunos errores de la tercera persona alejada. A veces hablaba como si sabía qué pensaba Damián
Abrí algunos diálogos con más imágenes para dar más tiempo a lo que está sucediendo y que no sea tan repentino. Después los abrí aún más. Creo que esto fue lo que más mejoró.
Suavicé un poco el rechazo de Damián y mejoré los diálogos para que no dijera cosas que ambos ya saben.
Profundicé un poco más el final para que haya un indicio de aceptación y una nueva etapa para la familia.
Cosas que me quedaron para trabajar aún:
El cambio a lo fantástico está un poco apurado y podría ser tratado con más lentitud
También falta un poco más de tiempo para que ella demuestre el orgullo por su hijo
Podría haber un poco más de ambivalencia en todo lo fantástico, en lo que creen ellos, su sorpresa, etc.
El diálogo puede ser más sintético todavía. Cortar y recortar
Buscar gestos menos obvios y más impactantes
La idea está, falta escribir con más belleza. A leer y mirar más.
Acá la versión original:



